UNA PAREJA, DOS FAMILIAS
Hoy quiero hablarte de las parejas y sus familias. Es evidente que una pareja está formada por dos personas pero ¿qué pasa con las respectivas familias?, ¿qué lugar ocupan en la relación?.
Cada persona tiene una educación y unas experiencias vitales que forman una manera de pensar, de afrontar la vida, y por lo tanto, una forma de entender la familia y la relación de pareja. Esta forma de pensar puede favorecer la convivencia o por el contrario puede perjudicarla e incluso debilitarla hasta su desaparición como tal.
Si observamos a matrimonios, novios y demás, podremos comprobar que es casi imposible que dos personas coincidan respecto a sus familias. Cada una de ellas tiene sus valores, sus ideas y sus costumbres. En unos casos viven los dos padres, en otros falta alguno o los dos, lo mismo con los abuelos. Puede haber hermanos o ser hijos únicos, en definitiva, múltiples combinaciones que influirán de una manera u otra en la pareja.
Una manera de constatar las influencias es preguntar a alguien que opina de las suegras. Sí, las suegras, no los suegros. Hay cantidad de dichos y chistes donde las suegras siempre salen mal paradas, en los que se les supone que son fuentes inagotables de problemas. ¿Por qué tantas historias y tan mala fama?
Yo, evidentemente no tengo la solución pero si alguna idea, solo voy a transmitirte la siguiente: es muy fácil que percibamos las cosas desde nuestros prejuicios, desde nuestras sensaciones y que por ello saquemos unas determinadas conclusiones, para nosotros muy ciertas y lógicas, pero si hacemos el esfuerzo de ponernos en el lugar de nuestra pareja y como actuaría ella a la inversa, entonces seguro que nuestra idea será más amplia y un poco más auténtica.
Pongamos un ejemplo. Mi madre es una entrometida que no sabe mantenerse al margen. No habla directamente sino que utiliza la doble intención y desearía que la relación fuera según su modelo. Mi pareja no la soporta y le influye de tal manera que no puede estar con ella. Ahora traslademos el caso a la inversa. La madre no es la mía sino la de mi mujer.
Al ponernos en el pellejo del otro podremos ampliar nuestra percepción y adaptarnos a las circunstancias, así evitaremos juzgar conociendo solo una parte de la verdad o lo que es lo mismo, seremos más justos aunque nos equivoquemos.
En el amor, juzgar y situarse en un extremo lleva a la incomprensión y el odio. Si uno está limpio no sucumbirá a las provocaciones aunque tenga momentos de flaqueza. Hoy puedes juzgar tu a esa suegra incómoda e insoportable pero seguro que mañana serás tu el juzgado.
Cada persona tiene una educación y unas experiencias vitales que forman una manera de pensar, de afrontar la vida, y por lo tanto, una forma de entender la familia y la relación de pareja. Esta forma de pensar puede favorecer la convivencia o por el contrario puede perjudicarla e incluso debilitarla hasta su desaparición como tal.
Si observamos a matrimonios, novios y demás, podremos comprobar que es casi imposible que dos personas coincidan respecto a sus familias. Cada una de ellas tiene sus valores, sus ideas y sus costumbres. En unos casos viven los dos padres, en otros falta alguno o los dos, lo mismo con los abuelos. Puede haber hermanos o ser hijos únicos, en definitiva, múltiples combinaciones que influirán de una manera u otra en la pareja.
Una manera de constatar las influencias es preguntar a alguien que opina de las suegras. Sí, las suegras, no los suegros. Hay cantidad de dichos y chistes donde las suegras siempre salen mal paradas, en los que se les supone que son fuentes inagotables de problemas. ¿Por qué tantas historias y tan mala fama?
Yo, evidentemente no tengo la solución pero si alguna idea, solo voy a transmitirte la siguiente: es muy fácil que percibamos las cosas desde nuestros prejuicios, desde nuestras sensaciones y que por ello saquemos unas determinadas conclusiones, para nosotros muy ciertas y lógicas, pero si hacemos el esfuerzo de ponernos en el lugar de nuestra pareja y como actuaría ella a la inversa, entonces seguro que nuestra idea será más amplia y un poco más auténtica.
Pongamos un ejemplo. Mi madre es una entrometida que no sabe mantenerse al margen. No habla directamente sino que utiliza la doble intención y desearía que la relación fuera según su modelo. Mi pareja no la soporta y le influye de tal manera que no puede estar con ella. Ahora traslademos el caso a la inversa. La madre no es la mía sino la de mi mujer.
Al ponernos en el pellejo del otro podremos ampliar nuestra percepción y adaptarnos a las circunstancias, así evitaremos juzgar conociendo solo una parte de la verdad o lo que es lo mismo, seremos más justos aunque nos equivoquemos.
En el amor, juzgar y situarse en un extremo lleva a la incomprensión y el odio. Si uno está limpio no sucumbirá a las provocaciones aunque tenga momentos de flaqueza. Hoy puedes juzgar tu a esa suegra incómoda e insoportable pero seguro que mañana serás tu el juzgado.
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